domingo 11 de octubre de 2009

Doble Viaje

Manejar de noche es una actividad relajante. El auto es como una cápsula, que aísla el frío en invierno y de cierta forma, también te aísla del mundo exterior.

En la noche, reina la quietud. El silencio se rompe con el gruñido constante del motor y el sonido que hacen las ruedas al recorrer el asfalto y aquellos baches y hendiduras que tanto reinan en las calles de Concepción. La noche es la compañera ausente, iluminada por los faros de la autopista que de tramo en tramo te vuelven a dejar en la oscuridad y en donde las luces del auto ayudan a alumbrar el camino que hay hacia adelante y sus obstáculos, mientras deja los tramos oscuros pasados, sumidos en su propio silencio y negrura.

Una melodía suena suave en la radio, a veces programada, a veces disparada al azar. Es el soundtrack de la película, del camino hacia tu casa o hacia algún otro lugar, que no sólo hace el viaje más ameno, sino que también permite guiar tus pensamientos y ponerles una música de fondo. Y aunque los 5 sentidos están puestos en la calle y en dirigir el auto, la mente está en otro lado, lo suficientemente presente como para percatarse y reaccionar ante una luz de semáforo, o un conductor poco experto o adormilado por el cansancio y la fiesta que lo dejó un poco borracho.

Pareciera que la presencia de tanto estímulo a la vez acostumbrara a los sentidos, permitiendo poner al cuerpo en estado automático y empezar a trabajar la mente, en lo que está pasando en tu vida, en el pasado y el futuro, en soñar más allá del espacio físico del auto. Haces un viaje doble: un camino hacia tu destino y el otro a través de tus pensamientos, sólo que en el primero no sueles hacer paradas, mientras que en el segundo haces paradas constantes al visitar los diferentes lugares del pequeño pueblo que es tu mente, mi mente: Mente de Mary: Población, pensamientos infinitos.

La primera parada consiste en la revisión de lo que ha sido el día, lo bueno, lo malo, lo sorprendente y lo rutinario, es como repasar un video de todo lo visto en el día. De ahí, se suele tomar un callejón de lo que son los sentimientos, lo que estas sintiendo en el momento o las emociones que vivenciaste durante el día.

Otras paradas más largas suelen ser en las tiendas de los sueños, lo que esperas en un futuro, donde en una bella vitrina adornada ves en un pedestal lo que son tus metas, tus sueños, tanto materiales como inmateriales.

Otra parada que suele ser más larga aún que la anterior es en el parque de los problemas, donde lo que nos aqueja se muestra en extensas enredaderas, que son más fáciles de desenredar si sólo le prestáramos la atención que requieren para poder encontrar donde termina y partir trabajando hacia atrás, desenredando.

A veces no alcanzamos a recorrer todos estos caminos, ya que depende del tiempo en que te tomes en llegar a tu destino y en los desvíos que tengas que tomar hacia la realidad externa.

Cuando has completado tu camino, el viaje interno hace un stop y se queda en stand by cargando batería para el próximo viaje.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Viaje Surrealista

Grito al cielo

Pretendo raspar las nubes de quietud

Despojo el velo

Me deshago de la inquietud


Corro al vuelo

Planeo sobre el mar

Rompo el hielo

Que impide mi andar


Trepo árboles de electricidad

Que recargan mi energía

Aumento la velocidad

Hago saltos del día


Vuelvo a la inercia

Hago un descanso fino

Hasta nueva emergencia

Que me obligue a retomar camino

jueves 10 de septiembre de 2009

Agradezco

Hoy mientras iba de vuelta a mi casa, me detuve ante un semáforo en la avenida Los Carreras. Miré a mi alrededor, y mi vista se topó con la de un niño, que empujaba un carrito con una caja de cartón, en compañía de su madre, una mujer que los años se le hacían notar por las arrugas de su cara. El niño no debe haber tenido más de 10 años, pero me impactó la servicialidad que tenía hacia su madre, y así mismo el peso que debe llevar consigo a sus cortos años de edad.

En ese momento, mi cansancio y problemas se vieron levemente esfumado al pensar en los tipos de problemas que podría tener ese niño. No sólo los deberes del colegio, sino también si al llegar a casa tendrá un plato de comida, si el padre estará de buen humor, si habrá encontrado un trabajo o si el dinero que traiga consigo sea suficiente para alimentar a todos sus hermanos. Pensar en eso me pareció que mi cansancio por el exhaustivo estudio y el poco tiempo libre que se da en las semanas de certámenes, no era nada comparado con el tipo de problemas que podría traer ese niño consigo.

Puede que esté exagerando su situación, puede que no, uno nunca sabe con qué se topa en la vida, y pensar en eso me dio vergüenza, en cierto sentido, de lo poco que valoro las cosas que tengo. Estoy agradecida sí, pero son cosas que a veces doy por sentado y que no debería ser así. El hecho de tener una cama calentita donde dormir, comida, ropa y otras cosas más, son necesidades que no todas las personas pueden suplir en nuestro país y en el mundo entero.

Es bueno hacer este ejercicio de vez en cuando, ya que permite valorar lo que tenemos y a su vez te quita un poco la nube de problemas y preocupaciones que rondan en la cabeza. Te da por unos momentos la felicidad, de que mañana tendrás una estabilidad en tus necesidades básicas.

viernes 21 de agosto de 2009

La marcha de los pingüinos hacia la extinción


Abro mi edición de la revista conozca más de junio de este año, dentro de sus secciones hay una que se llama "Números" y sale que en menos de 75 años los pingüinos podrían desaparecer producto del calentamiento global. Hoy compré la edición de agosto, y dentro de sus páginas aparece una foto de pingüinos africanos llenos de petróleo producto de la contaminación. Esta historia tiene un final feliz, ya que fueron acogidos y tratados en una fundación de conservación de aves. La pena es que al largo plazo una especie de estos simpáticos animales no tendrá un final feliz.
Después de leer este último artículo me puse a investigar por diversos sitios de internet, y esto fue lo que encontré.

Nuestra víctima es el pingüino emperador, una de las 17 especies de pingüinos que viven tanto en climas cálidos del África como en los hielos de la Antártica. Si no me equivoco, esta especie de pingüino es la más popular y la que más se asocia con este animalito en general.

El pingüino emperador es la especie más grande de pingüinos y habita en la Antártica, de ahí a que su especie esté en extinción debido al calentamiento global. A futuro se estima que los pingüinos perderán su hábitat y tendrán dificultades para reproducirse, dejando a las 3000 aves que existen hoy, a sólo 400 ejemplares hacia el 2100, si los hielos siguen derritiéndose y la temperatura global aumenta en 2 grados.

Con estos efectos, los pingüinos se quedarán sin una superficie para que se alimenten y reproduzcan, y también afectará el desarrollo de los krill, comida no sólo de los pingüinos, sino también de peces, focas y ballenas, afectando toda la cadena alimenticia de la Antártica.

Foto: ZUMA press, noticia: www.mnn.com

domingo 2 de agosto de 2009

La fragilidad de la mente

La siguiente entrada me inspiró a raíz de la vuelta a la universidad, a la psicología, que durante estas vacaciones dejé un poco de lado y me dediqué a otras cosas. Pero mayormente, la inspiración fue una película que vi ayer llamada "The Soloist". La historia de un genio de la música que tuvo que dejar Julliard, prestigiosa escuela de música en EE.UU. debido a una esquizofrenia.

Ver la película me llevó a pensar en la fragilidad de la mente. Ella es como un muro de contención a los sucesos cotidianos, para ser procesados y reaccionados de la mejor forma posible. El problema, creo yo, es que lo queramos o no, la vida no es perfecta, y tampoco lo es nuestra mente. Todos los días nos vemos enfrentados a sucesos, grandes o pequeños, que pueden impactar en nuestra forma de ser de manera positiva como negativa. El problema recae cuando es de forma negativa, puesto que nos puede dejar tan indefensos como un niño recién nacido, puesto que ese nido, ese muro de contención se va debilitando frente al impacto que tiene sobre nosotros los eventos cotidianos. No nos podemos preparar para ellos, puesto que no sabemos ante qué vivimos y qué sucederá después.

Creo que lo peor, a pesar de ser algo inevitable lo que acabo de mencionar, hay ayuda que puede ofrecer otras personas, tales como familiares, amigos o hasta profesionales (aquí entramos nosotros). Pero la mente, es como un espacio de divagación personal, y ahí mismo queda en la mayoría de los casos, dentro de los confines de la propia persona. En nuestra sociedad sobre todo, hay una visión negativa ante el pedir ayuda a un profesional tal como un psicólogo o psiquiatra. Ahí "van los locos no más", o sea, si voy al psicólogo estoy loco. Creo profundamente que eso es un concepto muy errado, y que a su paso produce daño y no trae ningún beneficio: no tan sólo porque estigmatiza a las personas que van a consultas psicológicas, sino que además pone una barrera de duda y vergüenza ante aquellos que lo han considerado.

A pesar de todo, nosotros podemos ofrecer sólo un mapa de lo que le podría estar ocurriendo a una persona, pero no tenemos acceso explícito a esta "mente" si es que realmente hay algún lugar así en el cerebro. Creo que uno de los misterios más grandes de la ciencia es en verdad todo lo relacionado al comportamiento humano y la mente. Si bien han habido avances gigantescos, hoy en día aún nos encontramos ante la duda de lo que realmente se esconde detrás de cada persona, y sólo podemos aproximarnos a ella a través del diálogo y un montón de teorías que intentan llegar a un lugar que físicamente pareciera no existir.

lunes 20 de julio de 2009

Divagaciones a las 2 de la mañana

Aquí me encuentro nuevamente ante la pantalla del computador, con un montón de ideas en la cabeza pero tan desordenadas que no logro capturar un tema para hablar. Tengo ganas de escribir algo, ando en mi racha creativa. En 2 horas grabé lo que podría ser una canción decente, que lo más probable es que terminará en el fondo del disco duro de mi computador y no la terminaré en mucho tiempo, o quien sabe, a lo mejor ni siquiera la terminaré. Es una acústico bluesero si se podría decir así, pero aún tengo problemas con el coro. Y para qué decir la voz: ni siquiera ha sido inventada. Tenía algo en mente que en un punto sonaba muy bien, pero le agregué algo y ahora no sirve esa melodía. Lo más chistoso es que no recuerdo cuál era la melodía con la que sí encajaba. En realidad aún está en pañales y yo contándoles acá sobre algo que aún es un proyecto.

Es curioso, normalmente no compongo y no me esfuerzo en hacerlo, pero suelen haber ciertos artistas que me inspiran a componer, porque hay algo en su música que de algún modo remueve algo al interior de mí y me da esa chispita y la inspiración necesaria para inventar unas melodías que vienen del corazón, o del alma, o de donde sea que provengan.

El artista del que les hablo es John Mayer (a veces Pink Floyd tiene un efecto parecido, pero son otras cosas las que me pasan con esta última banda). Algo tiene que me hace querer componer y yo creo que ese algo es lo que él logra transmitir en sus canciones. Es bastante honesto si se podría decir así en sus canciones, o sea quien sea el que se expresa a través de sus letras. Es como una canción contada desde una experiencia personal y lo que más me hace creer que son provenientes de él es que son sucesos de la vida cotidiana que si bien no son problemas que sean de vida o muerte, son pequeñas cosas que llegan a poblar la vida de todos en algún momento: amor, soledad, miedos y alegrías.
Por otro lado no me hace falta agregar que es un excelente guitarrista y compositor, logrando componer canciones que tienen un toque de blues y pop, y a veces un poco de rock.

Pero esos son sólo detalles. Cuando escucho su música, me produce una necesidad de expresar algo, como si tuviera algo metido y que necesito sacar o expresar a través de algún medio (en mi caso, suelo expresarme mejor a través de la escritura y la música, me pasas un pincel y te aseguro que haré dibujos con palitos jaja). Lo que más me llama la atención, es que estos "períodos" de composición son como un trance. Si tengo hambre la olvido, o si tengo sueño también lo olvido, porque repentinamente me siento con una nueva energía y unas ganas de producir, sea lo que sea. Pero si bien son muy intensos, y pueden ser muchas horas, no son trances frecuentes, por lo que normalmente me estanco en algún punto y después de decidir que darle más vueltas sólo lo va a atascar más, no vuelvo a trabajar en la canción y por arte de magia esa necesidad de expresar ese algo que siento en mi interior se desvanece por completo y vuelvo a la "normalidad" si se podría decir así. Y después no siento la necesidad de seguir trabajando la canción. Siento que así tal cual está necesita quedarse. Que creaciones mejores vendrán a mi mente en algún tiempo más, que vale la pena esperar, porque toda composición futura será mejor. Esto como ya podrán pensar es una soberana mentira jajaja y ahora más que nunca me doy cuenta de ella.

Espero y creo que me comprometo a terminar esta canción, porque tengo como 5 canciones sin terminar que ya se perdieron (se me suelen olvidar) y ya es el colmo desperdiciar ideas que si bien pueden no ser perfectas en un principio, pueden ser perfeccionadas con trabajo constante.

domingo 12 de julio de 2009

La soledad del viejo

La quietud reina en el vecindario. Un hombre se deja delatar por el ruido que emiten las suelas de sus zapatos al chocar con el pavimento húmedo y frío, producto de las heladas. Es un hombre viejo, que acarrea sus piernas con un ademán cansado, producto de la gran cantidad de años que ha vivido y de la enfermedad que le come hasta los huesos.


El vecindario recuerda a los pequeños pueblos con sus pequeñas casas extraídas de un cuento de hadas. Cada una se alinea en ambos lados de lo que es la pequeña callejuela San Boido. Cada casita al estilo americano invita a sus propietarios con un pequeño antejardín muy ordenado, con sus plantas y arbustos decorando el pequeño camino hacia la puerta de entrada. Todas son iguales, con la excepción de que en unas cuantas hay una reja que protege de aquellas manos aprovechadoras, y en otras hay columpios y juegos que delatan la presencia de niños más pequeños. Todas las casitas tienen colores distintos, aunque el blanco y el amarillo suele repetirse mucho, y hay unas cuantas que han sufrido diversas modificaciones producto de la necesidad de más espacio a medida que va creciendo la familia que habita en ella.


Las casas en el momento que concierne esta historia se encuentran decoradas al estilo navideño. Las luces de distintos colores hacen resaltar sus pequeños tejados, y más de algún antejardín se lo ha tomado muy enserio, puesto que se encuentra invadido de figuras del viejo pascuero con sus venados, y diversos motivos navideños, todos alumbrados por los colores emblemáticos del rojo y el verde pino.


Dentro de las casas se puede ver a las familias rodeadas en torno al árbol navideño, cuidadosamente decorado de acuerdo a la ocasión y robándose la atención de todos los presentes, que ante él se trasladan a la época del año donde todo es perfecto y las diferencias se dejan de lado.


El hombre viejo saca un cigarrillo del fondo de su abrigo negro, que cubre la mayor parte de su cuerpo. Se acomoda ligeramente su sombrero de detective hacia atrás para evitar quemarlo con la potente llama que sale de su encendedor, y lo enciende, lo mira un largo rato para luego empezar a consumirlo. Para sus adentros piensa irónicamente como una cosa material ha logrado tal poder sobre él, siendo el cigarro mismo la fuente de su terrible enfermedad.


Camina unos pasos y se detiene al frente de la más modesta de las casitas americanas que adornan la calle San Boido. Se apoya frente a un árbol que se encuentra en la vereda opuesta a la casa, y se queda esperando, más bien mirando el espectáculo que ocurre a su interior.


Una familia compuesta por esposa y marido y su pequeña hija, se encuentran celebrando en el living de la casa que se encuentra amoblada con lo justo y necesario. Frente al árbol se encuentran 3 paquetes, uno al parecer, para cada miembro de la familia. Uno de los paquetes delata su contenido, puesto que su tamaño y forma hacen imposible poder empaquetarlo en una caja lo suficientemente chica. El padre procede a entregar el paquete a su pequeña hija, que ante el tamaño y la forma de él, se emociona y parte desgarrando el envoltorio que esconde su interior. Es una bicicleta rosada, con una canasta en la parte frontal con unas flores dibujadas, y en ambos lados del manubrio cuelgan pequeñas cintas de diferentes colores. Ella procede a abrazar a su padre, quien tan esforzadamente compró este regalo y a su madre, por darle la idea de regalárselo.


La pequeña Lucía no creía en el viejo pascuero, a pesar de que muchos otros niños de su colegio todavía creían en él. Ella cursaba el tercero básico y a pesar de tener algunas dificultades para leer, tenía buenas calificaciones, lo suficientemente buenas para poner orgullosos a sus padres, quienes eran lo suficientemente humildes como para contentarse con que su hija sólo pasara de curso.


La situación económica de los padres de Lucía era apretada, permitiéndoles llegar con lo justo y necesario a finales de mes, y esto había hecho de Lucía una niña con mucha imaginación y con la sensibilidad suficiente para entender los problemas financieros de sus padres, por lo que cada navidad y cada cumpleaños, ella sólo pedía lo que se pudiera obtener con poco dinero.


Volviendo a la escena navideña, esposa y marido intercambian regalos. Ella abre el suyo para encontrar un bello chaleco que la abrigue de las heladas que estaban ocurriendo inusualmente en esa época, y él encuentra un bello reloj que fue comprado en una pequeña tienda de antigüedades en el centro de la ciudad. Se agradecen ambos sus regalos, y Lucía corre a su habitación para abrigarse y salir a dar el primer paseo en su nueva bicicleta.


La calle se encuentra desierta con excepción de la presencia de el hombre viejo que está apoyado contra el árbol fumando lo último que queda de su cigarro. La puerta principal de la calle se abre y de ella emerge Lucía hecha un globo con toda la ropa que le obligó su madre a ponerse para evitar resfriarse. Su movilidad se encuentra muy restringida, por lo que se sube torpemente a la bicicleta y al dar los primeros pedaleos, su pie resbala y el manubrio comienza a zigzaguear, ocasionando que la pequeña se caiga al pavimento húmedo. El hombre se acerca rápidamente a ella y la ayuda a levantarse, ante lo cuál ella le agradece y procede a preguntarle:

-Señor, ¿Qué hace usted aquí afuera en el frío y solo en una época como ésta?-
-Nada pequeña, un hombre viejo como yo no tiene más compañía que la propia en fiestas como éstas.-Carraspea y comienza a luchar con una tos que se desata de su interior.


Rápidamente se abre la puerta de calle y la madre de Lucía la llama a que se entre en ese mismo instante. La pequeña levanta su pequeña bicicleta rosada y camina con ella por el pequeño sendero del antejardín, donde su madre la recibe y la regaña por hablar con extraños, sin antes lanzar una mirada de desaprobación al hombre del abrigo, quien a su vez, la mira con extraña nostalgia. La puerta se cierra de un golpe, haciendo que la corona se meza antes de volver a su inercia incial. Nuestro hombre se queda ahí reflexionando lo que acaba de suceder.


Tres meses más tarde..


Nuestro hombre viejo se encuentra dando sus últimos alientos en un pequeño departamento desatendido en el suburbio de la ciudad. Las paredes envueltas por la humedad, las tablas del piso sueltas y llenas de polvo, albergan muebles que se encuentran sucios y en mal estado. Una mesa coja se apoya sobre un montón de libros y sobre ella descansan las comidas de hace por lo menos una semana. La cocina, llena de grasa es el hogar de una misteriosa rata que se encarga de “limpiar” las migas que quedan sobre los mesones. Por las ventanas se cuela el frío y en la pieza principal encontramos al hombre acostado en el suelo, sobre un colchón tan plano que parece alfombra. El televisor está encendido, aunque no le presta mayor atención. Su atención recae sobre unos pedazos de papel, al parecer una carta sobre la cual ha dedicado los últimos esfuerzos que le quedan en su cuerpo esquelético, para poder comunicarle a su destinatario la más pura de las verdades de ese triste hombre.


Una semana después, debido a la ausencia y el olor que estaba llegando a los departamentos vecinos, la policía encontró al viejo muerto, pudriendose en el interior de su cama. Al lado de él yacía una carta en su sobre, con la dirección de su destinatario. Iba dirigida hacia la modesta casita de la calle San Boido, a la esposa de esa pequeña familia. La policía se la hizo llegar, y ésta al leerla extrañadamente en un principio, y luego llena de emoción la guardó como un tesoro preciado en su velador, para sacarla y releerla cada año en navidad.


La carta provenía de su padre, quién la había abandonado al nacer. Se había arrepentido de esto por el resto de su vida, y el día que decidió remediar su error, ya era demasiado tarde. El cáncer lo carcomía por dentro y la mirada despectiva que le arrojó su hija ese día de navidad, quitaron en él todo el coraje que había estado armando durante 30 años. Al ver que su hora se acercaba decidió escribirle una carta y dar sus sinceras disculpas. Él sabía que esa no era forma de hacerlo, pero no le quedaba más remedio. Dentro de esa carta él pedía perdón a su hija, por haber sido un cobarde y no haberse hecho cargo cuando ella más lo necesitó. Luego procedió a explicarle, que durante los últimos 10 años la había estado siguiendo de cerca, para cada ocasión importante. El día que se graduó del colegio, se sentó en la última fila para verla recibir su diploma y luego se fue, acobardado de acercase a ella. Normalmente iba a la tienda en donde ella trabajaba, y buscaba una excusa para verla comprando comidas y bebestibles, pero ella parecía no prestar mayor atención en él. El día que se casó, se quedó esperando en el parque al frente de la iglesia para verla entrar soltera y salir casada con su esposo. Cuando la vio embarazada, la siguió en cada una de sus salidas hasta que nació su hija, y así sucesivamente en muchas otras ocasiones.


La mujer se sintió profundamente culpable de no haberle dado una oportunidad a aquel hombre que vio esa noche antes de navidad.